Por Manuel J. Moreno

Aún reverbera en mi interior la tenue y singular melodía de los millares de ramilletes de hojas acariciadas por el viento que corona los altos pinos del bosque. Es el bello y armonioso entramado boscoso que envuelve y abraza el complejo de edificios que conforma el monasterio zen «Luz Serena». 

La luz del sol compite en intensidad con el inmenso calor sobrevenido durante las primeras jornadas del mes de agosto. Es mi primer retiro en un entorno funcionalmente concebido al modo tradicional que caracteriza la Vía zen del budismo Mahāyāna. 

Pinos altos

Altos pinos en Luz Serena

Con firmeza pero sin rigidez, la disciplina de la sesshin ha comenzado. Quedan sin efecto los roles sociales, profesionales, personales…, esas ensayadas estrategias que sirven de soporte y mantenimiento auto-referencial. 

Primero y principal ayuno psicológico para cinco días: silencio. El yo ha sido despojado abruptamente de sus máscaras y se siente perdido, extraviado, supeditado a un engranaje colectivo de tintes foráneos que exige rendición incondicional. La maquinaria pensante que lo retroalimenta exhibe sus quejas y protestas, resistencias y pataleos. El complejo del yo constata que éste, ciertamente, no es su sitio.

Sin sus habituales operaciones mentales —mecanismos de defensa—, el yo y sus banderas pierden eficacia. La disciplina silenciosa ensombrece los juegos y proyecciones sobre los que se articula la auto-imagen personal, degradando los mecanismos del feedback comunicacional que sostienen la estructura de lo psíquico-personal. El yo se angosta, se eclipsa, mientras que el substrato anímico impersonal que lo soporta y sostiene se hace claro de luna en el bosque.  

Ello aparece —en primera instancia— bajo un engañoso formato de precariedad e insuficiencia: son los complejos y condicionamientos que nos caracterizan, arquetípicos o generales, unos, idiosincrásicos o personales, otros. No hay salida. Se debe sobrevivir a las inclemencias anímicas de la situación dada. Bajo la atmósfera del silencio, en un contexto social de más de medio centenar de participantes que comparten espacio y tareas, día y noche, lo real-esencial eleva su tono.

El silencio es también altavoz que privilegia lo sensorial, tornándonos receptivos al detalle. Una suerte de regresión afortunada en la que cabría saber aprender a participar, un océano de esplendores al otro lado del espejo: el universo previo al laberinto del lenguaje. 

Aún así, el paraíso originario y natural se resiste. El lenguaje que todo mediatiza, asiste ahora encubierto al yo en forma de pensamientos. Miríadas de representaciones mentales se condensan y desplazan en una danza interminable. Emergen y se ocultan, se aglomeran por las grandes avenidas y los oscuros callejones de una mente aún desconectada e insumisa.

En la quietud despierta del Zazen, la ecuánime luz de la conciencia ilumina las polifonías del pensamiento y su red de conexiones sin fin. El todo se vuelve respiración, pulsación de un instante atemporal donde la totalidad se haya desde siempre y para siempre reunida. 

Imágenes y discursos llegan y se van sin apenas dejar rastro. Un mundo ahora purificado por la ausencia de un ayer que se resiste, que quiere, pero que ya no puede.

Recitaciones —mantrayama—, postraciones…, nada sucede cuando quiero; “me siento” —aguardo la comida y el acto de comer—; “me siento” —aguardo la no-acción meditativa—; trabajo —me ocupo de lo ajeno y de lo de todos—…; cada cosa es presente en su presente, el círculo se cierra a cada instante. Soy en todo en tanto continuo no siendo.

Mañana, tarde y noche acudimos al dojo, el núcleo-corazón del monasterio —también del propio retiro—, en donde el liviano eco de un sonido de campana convocará la presencia y pertinencia de un no-tiempo evocado por la quietud y coronado por abismamientos. 

Cuerpo y espíritu se reúnen en Zazen,  preformando el vacío cauce por donde secretos afluentes del alma inconsciente discurrirán desapegados, a salvo de todo juicio y distinción. 

Es la serena luz del Zazen, la más ecuánime y redonda reunión del ser humano con la inabarcable totalidad de su ser.

 

Entrada a Luz Serena

Entrada al monasterio zen Luz Serena

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