«¡Oh, vosotros! Los que sufrís, sabed que sufrís por vosotros mismos. Nadie más os compele ni os retiene oara que viváis o muráis, ni para que sigáis o no girando sobre la rueda de las existencias, abrazando y besando sus radios de agonía, su llanta de lágrimas, su cubo de vacuidad.

¡Escuchad, os mostraré la verdad! Más profundo que el Infierno, más alto que el Cielo, más lejano que las más distantes estrellas, más allá de la morada de Brahma, anterior al principio y carente de final, como un espacio eterno y de certidumbre asegurada, existe un Poder estable y divino que se mueve hacia el bien y no sigue sino sus propias leyes.

A su toque florecen los rosales, el estilo de su mano modela las hojas del loto; bajo el oscuro suelo y entre las silenciosas semillas, teje el ropaje de la Primavera; su pincel da colorido a las nubes gloriosas y concede esmeraldas a la cola de pavo real; tiene su morada en las estrellas; la luz, el viento y la lluvia son sus esclavos; hace salir de las tinieblas al corazón del ser humano, así como del oscuro huevo surge el faisan de cuello pincelado. Siempre activo, convierte en amable lo que no era sino cólera y destrucción. Los huevos grises en el nido del colibrí dorado son sus tesoros; las celdillas hexagonales de la abeja son sus vasos de miel; la hormiga obedece sus preceptos, y la paloma blanca también los conoce a la perfección. Impulsa a que el águila despliegue sus alas cada vez que vuela al nido con su presa; hace que la loba regrese siempre al cubil donde se guarecen sus lobeznos; procura sustento y amigos a los seres a quienes nadie ama.

Nada le re repugna ni le detiene, todo le gusta. Hace brotar la dulce leche en los pechos de las madres, así como hace fluir también las venenosas gotas blancas que destilan los colmillos de las serpientes. Dirige el concierto musical a cuyo ritmo marchan los astros por la bóveda infinita del firmamento; oculta en los abismos de la tierra el oro, las sardónices, los zafiros y los lapislázulis.

Desarrollando sus misterios sin cesar, se oculta en los verdes claros de la selva y alimenta extraños brotes entre las raíces de los cedros, inventando hojas, flores, tallos sorprendentes.

Mata y salva sin más móvil que realizar el cumplimiento del destino forjado por cada cual; sus hilos son el Amor y la Vida, y la Muerte y el Dolor el telar donde teje. Hace y deshace, enmendándolo todo; y cuanto hace es mejor que lo que existía antes; así, lentamente, se perfecciona el diseño que planeó bajo sus hábiles manos.

Y esta es su obra sobre las cosas que podéis ver, pero sobre las invisibles su acción es aún mayor: el corazón y las mentes de los seres humanos, los pensamientos de los pueblos, sus caminos de salvación y sus voluntades están sometidos también a la gran Ley.

Invisible os auxilia con sus manos compasivas; es inaudible, pero habla más fuerte que cualquier tormenta. La Compasión y el Amor pertenecen al ser humano porque los largos periodos de violencia que ha sufrido han modelado su masa ciega inicial.

No puede ser menospreciado por nadie, quien le desobedece pierde, quien le sirve gana; premia la bondad oculta con paz y felicidad, y con sufrimiento la maldad oculta. Todo lo ve y de todo se apercibe. Practicad la rectitud, y os será recompensada; haced el mal, y recibiréis la retribución que merecéis, aún cuando el Dharma se demore en evidenciarse.

No conoce ni la cólera ni el perdón; sus medidas son de una precisión absoluta, infalible su balanza; es ajeno al tiempo, y así juzgará mañana como dentro de muchos milenios. Por su intervención, el asesino se hiere con su propia arma; el juez injusto pierde a su propio defensor; la lengua falaz se ve condenada por su mentira; el ladrón y el expoliador devuelven el fruto de sus rapiñas.

Tal es la Ley que mueve la rectitud y que nadie puede evitar o detener; su corazón es el Amor, su fin la Paz y la dulce Extinción.>>

Edwin Arnold

«La Luz de Asia». Ediciones Miraguano (págs. 206-208)

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