La circunstancia catalana: del contagio emocional al peligro de odio y violencias
Por Manuel J. Moreno
Psicólogo y Psicoterapeuta
“El odio, irónicamente, puede aportar sentido y convertirse en el fundamento de una vida de engaño y destrucción.”
Robert F. y Karin Sternberg
 
Lo que sigue es una breve reflexión psicológica, y no política, de las circunstancias que ocupan por derecho obvio y natural el primer plano de la atención mediática de catalanes y españoles en general.
El escenario psicológico colectivo hacia el que han evolucionado los acontecimientos vividos con motivo del 1 de Octubre, podría sintetizarse en la emergencia de dos grandes bloques posturales: el de aquellos que consideran como un deber defender las convenciones de la legalidad constitucional vigente, desde una firmeza enraizada en sentimientos de lealtad y patriotismo, frente a aquellos otros que asumen el anhelo colectivo de una gran parte de los ciudadanos de Cataluña, como determinado a diferenciarse y alcanzar la plena autonomía identitaria respecto de la nación española, esto es, la independencia de la misma.
Un atento y desapasionado recorrido por las declaraciones de unos y otros, aquí y allá (y en todas partes), especialmente las que se suceden por las cada vez más transitadas avenidas de redes sociales, tanto de representantes políticos como de ciudadanos en general, pone de manifiesto un hecho psicológico notable: la mayor parte de nuestros modos y maneras de pensar se hallan radical y condicionalmente mediados por afectos (emociones, sentimientos, impulsos…) así como por opiniones y convicciones derivadas de los mismos. Actitudes y disposiciones que distorsionan y desdibujan la realidad, al amparo de una pretendida pero precaria racionalidad.
La superlativa emotividad que ha ebullicionado colectivamente en las últimas jornadas nos ha colocado de facto en una dimensión anímica un tanto regresiva, arcaica o primitiva, en la que se traslucen preocupantes y peligrosos reduccionismos e injustificadas simplificaciones que polarizan la realidad social en una especie de espejismo de grupos, facciones o bloques opinativos y contendientes, que rivalizan por “la razón y el derecho”, apelando cada cual a su razón legítima, indiscutible y verdadera.
Nuestras emociones proceden de dispositivos neurofisiológicos compartidos con animales no humanos, que se asientan en estructuras subcorticales (sistema límbico) evolutivamente anteriores al neocortex, y por tanto a la consciencia racional, cuyas funciones cuentan con una estela de milenios de recorrido evolutivo.
El desarrollo cultural del animal humano ha orillado dichos dispositivos a interacciones complejas, a respuestas y reacciones que no siempre resultan adaptativas o convenientes, conduciendo en no pocas ocasiones a intoxicaciones y contagios emocionales de imprevisibles consecuencias, entre cuyos componentes se cuentan los sentimientos de resentimiento y odio.
El odio supone para Staub (2005) una concepción sesgadamente negativa del objeto odiado. “Las emociones relacionadas con el odio incluyen el rechazo, la ira, el miedo y la hostilidad. Los actos cognitivos pueden incluir la devaluación y la percepción de una amenaza. […] …una condición básica importante es la demarcación entre el propio grupo y los otros grupos: la distinción entre dentro-del-grupo y fuera-del-grupo” (Sternberg).
Aunque, ingenuamente, las emociones se nos antojan como algo exclusivo, individual y personalizado, es psicológicamente evidente que ellas son la resultante de mecanismos colectivos (de la especie) caracterizados por un alto grado de generalidad, automatismo y autonomía, esto es, de funcionamiento inconsciente, siendo ciertamente contagiosas por simpatismo, lo que las hace peligrosas y perturbadoras, así como reactivas a circunstancias o situaciones como las ahora reseñadas.
Instigar, promover y dar soporte cognitivo a este tipo de mecanismos universales, es humanamente irresponsable por el alcance imprevisible de sus consecuencias, abocando a unos y otros (a ambas facciones, bloques o grupos) hacia actitudes, conductas y declaraciones, sesgadas e irracionales, aunque revestidas de aparente consistencia, incompatible en todo caso con un necesario y conveniente, desde todo punto de vista, entendimiento y comprensión del otro.
Y una última pero esperanzadora cuestión: el odio se aprende (y desaprende), no es inherente a las relaciones humanas, no nacemos predispuestos al odio.
El odio y el resentimiento se desaprende y desactiva mediante la crítica consciente de toda clase de estereotipos y prejuicios, de narraciones interesadas, consignas superfluas y sin verdadero contenido, opiniones y pareceres caprichosos…, muchas veces basados en sentimentalismos o en apelaciones arbitrarias a la tradición.

La Nueva España: 5 de Octubre de 2017 (pág. 35)

 

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