Pág. 36 de «El Comercio», Lunes 9 de Octubre de 2017

“Lo inconsciente es el intermediario general entre los hombres. En cierto sentido es lo uno, que todo lo abarca, o lo psíquico que es común a todos.» C. G. JUNG

Resulta característico y verdadero desde todo punto de vista, que la realidad discurra por subterráneos y caudalosos cauces allende las apariencias. Quien se interese y avenga a deambular por sus proximidades deberá atreverse a “mirar” las cosas sin juicios preconcebidos (prejuicios), acaso desde una cierta desnudez cognitiva capaz de preservar de estrechos, parciales y unilaterales puntos de vista, y sobre todo (en la medida de lo humanamente posible), del factor psicológico distorsionador por excelencia: las emociones y los sentimientos.

Cuando emociones y sentimientos timonean nuestros puntos de vista y sostienen motivacionalmente las conductas con las que respondemos a hechos y situaciones determinadas, asistimos a un verdadero festival de subjetividades donde proliferan la confusión y el caos, amenazando engullir nuestras mejores habilidades para la sensatez.

Sin detenerme en las diversas consideraciones políticas y de ajuste a la legalidad constitucional que podamos (y debamos) hacernos, lo que se está viviendo en España en las últimas jornadas es un fenómeno psicosociológico extraordinario, en el que cobran visibilidad reacciones, expresiones, comentarios, comportamientos, manifestaciones de todo tipo y condición…, que proceden de las mismísimas entrañas de lo inconsciente colectivo, las cuales constituyen el subsuelo sobre el que se asienta nuestra subjetividad personal.

En mí criterio, resulta ingenuo, miope y a todas luces insuficiente, atribuir el sentido y significación de lo que está ocurriendo, exclusivamente a las intenciones, intereses y probables torpezas de los políticos que comandan la situación política catalana: Carles Puigdemont, Oriol Junqueras…, su gobierno y colaboradores, así como de las coaliciones políticas que representan en el presente histórico, la dinámica e impetuosa corriente de un movimiento social que ha venido gestándose en el tiempo, desde hace ya muchos años, cuyas fuertes y continuas contracciones vienen anunciando en los últimos meses el alumbramiento de una voluntad de ser que parece dispuesta “a todo” con tal de afirmarse a sí misma.

De la misma manera y por el mismo motivo, la reacción colectiva del conjunto de los españoles que sienten la territorialidad del país como histórico substrato identitario, no depende, se explica o justifica en la respuesta política del gobierno de la nación, ni tampoco en la de jueces y tribunales, en tanto que garantes de la legalidad.

Uno de los posibles sentidos psicológicos de lo que está sucediendo habría que rastrearlo a una mayor profundidad, si de verdad queremos entender los gérmenes y etiología de la fiebre emocional y motivacional que se ha desatado y propagado por el alma de catalanes y españoles, generando una disociación neurótica (división), que dista mucho ya de ser un mero fenómeno minoritario o estrictamente político.

Por lo tanto y sin pretender agotar con estas reflexiones una explicación psicosociológica de la pulsión independentista, a mi entender estamos frente a la emergencia de un movimiento inconsciente colectivo suficientemente maduro, que busca, promueve y exige, diferenciación. Dicha exigencia es en cierto modo equivalente a lo que resulta arquetípico en el ámbito personal cuando un individuo experimenta la arrolladora presión emocional en su interior que le impele a la independencia y diferenciación personal, lo que desencadenará situaciones y comportamientos encaminados a afirmarse, a devenir sí mismo, aunque con ello se desaten conflictos con la norma y autoridad ejercida por el círculo socio-familiar inmediato.

Las demandas procedentes de la psique natural inconsciente no se pueden desoír ni silenciar, deben ser de algún modo atendidas. Así ha sido, es y será en todos los ámbitos de la experiencia humana en desarrollo, tanto en lo individual como en lo colectivo.

La independencia o afirmación nacional catalana es, psicológicamente entendida, un movimiento inconsciente colectivo que viene pujando y configurándose a todos los niveles: familiar, académico, empresarial, deportivo, personal, simbólico, cultural…, a lo largo de todo un proceso temporal cuyas actuales manifestaciones externas permiten apreciar en todo su calado, la fuerza, potencia y vitalidad que subyacen al fenómeno.

Tan intensa ha sido (y está siendo) la magnitud del seísmo inconsciente colectivo en Cataluña, que se han violentado decisivas reglas de legalidad y convivencia, desde una determinación inconsciente, ciega y obstinada, que no acepta por principio normas ni razones, si éstas cuestionan o se perciben como amenazas abortivas del alumbramiento en juego.

Entre los graves peligros que la descrita situación entraña, está precisamente el hecho de no tratarse únicamente de una crisis política e institucional entre el gobierno de la Generalitat y el gobierno de Mariano Rajoy, ni exclusivamente de acciones y pretensiones ilegales inaceptables, sino de un conflicto psicosociológico muy complejo, que ha alcanzado proporciones de difícil contención, que requerirá para su solución de gran tacto, inteligencia y generosidad, aptitudes que distan mucho a día de hoy, de las que se pueden inferir entre las múltiples declaraciones, análisis y comportamientos de unos y otros, probablemente deslumbrados y en la superficie, de un problema social que aún no ha hecho más que comenzar a previsualizarse.

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